facultades que le permiten realizarse en el trabajo, y comer del fruto de sus trabajos, Y como dice el salmo responsorial, será dichoso si teme al Señor y sigue sus caminos. Jesús, en la parábola de los talentos, nos enseña que debemos rendir conforme a los dones recibidos. Pues cada persona, dentro de los proyectos de Dios, ha recibido dones que debe explotar, para el bien común, y tiene la capacidad, dentro de esos mismos planes de Eios para hacerlo. Unos reciben más, otros menos, pero a todos no ha dado algo y de cada uno espera el Señor un rendimiento por lo menos del cien por ciento sobre lo recibido. Tristemente, muchos dones estan guardados y olvidados por la pereza, por el egoismo o por la ignorancia, ocasionando pérdidas invalorables a los planes de Eios para el bien de la sociedad de la humanidad entera, ya que quedarán sin realizarse muchos bienes que necesita la humanidad. La persona trabajadora experimenta su satisfacción trabajando con toda su voluntad, poniendo en cada realización todo su esmero para que resulte lo mejor posible y con su toque de personalidad, y goza contemplando sus obras; y asi va construyendo un mundo mejor y ya ganando méritos para la vida eterna. Somos los hijos de la luz y debemos brillar por nuestras buenas obras, haciendo la volutad de Dios y agradándolo con nuestras obras. Hay que trabajar, es verdaderamente preocupante contemplar cómo la sociedad se va convirtiendo en un inmenso garito en el que se derrochan los bienes con las loterías con sueños ilusorios de hacerse millonarios. Y ni qué decir de los que se dedican a la vida vácil, explotando el sexo y traficando con drogas y pornografía. Felicitamos a los que se unen en trabajos cooperativos para producir. Por eso debemos vivir en la luz, no en las tinieblas, sin dejarnos engañar, para que no nos sorprenda el día del juicio, que llegará como un ladrón, según el sentir de la Sagrada Escritura, el día que uno menos piense; y aunque no lleguemos a ver el día del juicio en vida, un día seremos llamados al juicio particular, el día de la muerte. Los que creemos en la enseñanza de Jesús estamos prevenidos. En efecto, somos hijos de la luz y del día. No dejemos que el sueño de la pereza nos domine, sino que debemos vivir vigilantes y sobrios, que si no, seremos sorprendidos como los hijos de las tinieblas, el Dia del Señor.
¡Qué admirable el ejemplo de la mujer trabajadora, que nos presenta el libro del Eclesiástico!, siempre ocupada en sus labores, de ella se fia el esposo porque no sólo no le causa pérdidas sino ganancias, y siempre tiene algo qué dar al necesitado. Una mujer así vale más que las
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