Año XII Nº 35
04 - 09 – 2010
DOMINGO XXIII T. ORDINARIO “C”
Sab 9,13-19: ¿Quién conoce lo que Dios quiere? Los pensamientos humanos son mezquinos y nuestros razonamientos engañosos porque el cuerpo es lastre del alma. Sólo la sabiduría que nos da Dios por su santo Espíritu nos enseñará lo que agrada a Dios y nos dará la salvación
S. Resp.: Tú has sido, Señor, nuestro refugio.
Fil 9-10.12-17: S. Pablo ruega a Filemón, su amigo, reciba de nuevo en su casa a Onésimo, esclavo fugado de su casa después de haberlo robado, pero que se ha convertido en la prisión y es ahora un hermano, como el mismo S. Pablo, quien le pagará los daños hechos por Onésimo.
Aleluya, aleluya, aleluya. Señor, mira benignamente a tus siervos y enséñanos a cumplir tus mandamientos. Aleluya
Lc 14,25-33: Dijo Jesús que si alguno se viene en pos de Él y no pospone a su padre y a su madre, y sus hijos y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo suyo. El que no lleve la cruz tras Él o no renuncia a todos sus bienes no puede ser su discípulo. Los que han sentido el llamado especial de Dios deben estar en absoluta disponibilidad para seguir a Cristo
M E N S A J E
En la liturgia nos habla la Sabiduría divina. Sólo Dios conoce sus designios, y el hombre, aunque dotado de inteligencia, está expuesto a muchos errores porque conoce a partir de razonamientos que muchas veces no están bien fundamentados, aparte de que hay intereses particulares que le enceguecen la mente y le pueden apartar de la verdad y la justicia. Los pensamientos, nos dice el libro de la Sabiduría, son mezquinos. Apenas conocemos las cosas terrenas y con trabajo encontramos lo que está a mano. Y ¿cómo saber lo que agrada a Dios? ¿Cómo conocer los designios de Dios?. Necesitamos la sabiduría divina. De la ciencia divina no tenemos experiencia personal, pero tenemos en el Nuevo Testamento la iluminación que nos da la fe por el Santo Espíritu que nos ha enviado el Padre por Jesucristo, y que con la Revelación nos hace ver las cosas desde el punto de vista de Dios, con amplitud de eternidad, con los intereses del amor puro.
S. Pablo, preso por razón de la fe, conoció a un joven llamado Onésimo, esclavo de Filemón, que huyó, no sin dejar de llevarse provisiones de la hacienda de su amo. Filemón era amigo de S. Pablo y éste, lo acoge con gran caridad en la cárcel, y lo lleva a la fe, y su conversión fue un éxito, hasta tal punto que Pablo lo considera una gran ayuda para su trabajo misionero. Cuando Onésimo cumple su condena ya es un hermano queridísimo, y Pablo se lo remite a Filemón que debe recibirlo, no como esclavo sino como hermano, como al mismo Pablo, quien se compromete a cancelar los daños ocasionados por su hijo nacido para la fe en la cárcel. Esta apreciación no la da la sabiduría humana sino el don de la fe que hace sentir la fuerza del amor cristiano, del Espíritu Santo. La sabiduría de Dios hace rectos nuestros caminos, nos hace agradables a Dios y nos encamina a la Salvación. Jesús, en el Evangelio, exige de sus seguidores posponer a padre, madre, esposa, hijos, hermanos e incluso a sí mismo, todo, y tomar la cruz y seguirlo. Son exigencias que deben cumplir todos los seguidores de Jesús, y que si no son capaces, deben renunciar a ser sus discípulos, como renuncia a construir una torre el que no tiene recursos para ello, o como el que manda emisarios para pedir condiciones de paz al que viene a atacarle con fuerzas superiores a las que él tiene. El verdadero discípulo debe estar dispuesto a renunciar absolutamente a todos sus bienes para ponerse a disposición del Señor. Mucha gente tiene miedo de comprometerse, están muy atados a las cosas del mundo, a sus intereses, a su yo. Pero, cuando Jesucristo nos enseña que hay que posponer a familiares, intereses materiales y al propio yo para ser dignos del reino de los cielos es porque quiere gentes valientes, héroes como corresponde a seres humanos unidos a la vida divina, y Él sabe que nosotros somos incapaces de lograrlo por nuestras fuerzas y porque existen muchas fuerzas |