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El pueblo contaba entonces con solo humildes y pajizas
chozas, regadas sin orden ni armonía en torno de la iglesia parroquial,
cónsona esta, por la humildad de su aspecto interior, con la pobreza e
indigencia de los vecinos. Su chata torre, cual dedo extendido, señalaba
el cielo, recordando a todos su eterno destino; y el agudo tañer de su
campana llamaba a los niños de ambos sexos a la doctrina que con celo y
amor, les explicaba el Rvdo. Padre Fray Nicolás de la Torre. Era, en este
venturoso año cacique de la comunidad indígena de San Mateo, Don Mateo de
Oroguaypuro, u Oroguaypur, quien gozaba de gran prestigio entre sus
coterráneos.
Distante una cuadra de la iglesia estaba situada la
choza del indio Tomás José Purino, hombre sencillo y temeroso de Dios, de
conducta recta y fama intachable, siendo notoria su pureza de costumbres y
verdadera religiosidad; gozaba entre los suyos del aprecio a que siempre
se hace acreedora la virtud con tal razón veíase investido con el cargo
de fiscal de la Doctrina. Estaba unido en legítimo matrimonio con Inés
Heredia, también india de vida arreglada, que compartía con él los mismos
sentimientos y deseos.
En la mañana del 26 de Noviembre del ya citado año,
salió Tomás José Purino al patio interior de su casa y diese a la faena de
ajar un tronco de un árbol para el uso particular de su hogar. Apenas
había iniciado su trabajo, cuando dirigiendo la vista a un punto del
suelo, inmediato a él, observó con rara extrañeza una curiosa novedad: a
medida que golpeaba el palo con el hacha, el suelo se movía, y se
levantaba ligeramente la tierra. Con viva curiosidad observaba Purino este
inesperado fenómeno, que su mujer atribuyó en un principio al vigor y
fuerza con que golpeaba el madero, pero, prosiguiendo el indio su ruda
faena, creció de pronto su extrañeza al observar que la tierra,
levantándose hasta formar una pequeña prominencia, se iba abriendo dejando
en su centro una como raja u hoyo. No conteniendo su emoción exclamó a
grandes voces: "¡Inés, Inés, ven, corre!".
No sabiendo el motivo de esta alarmante llamada, acude
presurosa la india y ambos esposos vieron como por la raja del centro de
la prominencia de la tierra, que lentamente se había formado, salía, hasta
quedarse parada encima, una diminuta imagen del tamaño de una moneda de un
vellón (aproximadamente el tamaño de una moneda actual de 500,00 Bs.).
Indescriptible fue la emoción de Purino y de su mujer
cuando, acercándose más, advirtieron que la imagen aparecida representaba
a la Virgen y al parecer de plata con una media luna y a la derecha al
Niño, posado sobre sus rodillas (Sin nubes, ni querubines). A una orden de
su marido, trae Inés un pañito con el cual el indio, doblada la rodilla,
coge la sagrada imagen y la coloca en un altar de su casa, en medio de
luces y flores con que la adornaron los afortunados moradores de esta
bendita mansión.
Divulgóse este prodigio por todo el pueblo, y la choza
del indio se llenó de gente que acudía a contemplar a esta imagen y a oír
el prodigioso relato de su providencial hallazgo. Quiso entonces el
fervoroso Purino ofrecer a la Madre de Dios el espiritual obsequio del Smo.
Rosario, que rezó en compañía de su madre María Micaela, de su mujer y de
los muchos indios y demás gentes del pueblo que entonces llenaban su casa.
Permaneció la Imagen como trece o quince
días en la
casa del Indio, hasta que vencido por las repetidas veces que el Rvdo.
Padre Fray Nicolás de la Torre, de la Orden de San Francisco de Asís,
actual Cura del pueblo, le manifestaba que era necesario trasladar la
Imagen al templo, hubo de convenir, pero en la condición de que había de
ser suyo el altar y cuido del aseo y culto de la Señora, lo que se
verifico y cumplió hasta su muerte.
La Traslación de la Imagen a la Iglesia Parroquial
se
hizo con la asistencia de todos los vecinos y se formo por los indios y
españoles una marcha desde la casa de Purino hasta el Templo; llevándose a
la Virgen con gran solemnidad, con cajas, chirimias, repiques y
demostraciones de regocijo, hasta colocarla en el altar de la Pura y
Limpia Concepción, en un tabernáculo con sus cortinas y bajo de llaves. Al
día siguiente al que fue puesta la Imagen en la Iglesia Parroquial, al ir
a cantar la Misa el Rvdo. Fray Nicolás de la Torre, al correr la cortina
el bonacillo, se hallo y advirtió por todos los circunstantes allí
congregados, el estar dorada la Santa Virgen por si misma; por lo que se
repicaron las campanas y acudió mucha gente a ver aquella maravilla;
siendo de menor atención el haberse manifestado las nubes y querubines,
saliendo unas y otros de sobre la media luna; creciendo la milagrosa
Imagen, a medida que va pasando el tiempo teniendo distintas cajas o
relicarios, como lo dicen los testigos juramentados; pues según
declaración de los testigos, el tamaño de la Imagen y su altura era como
dedo y medio, a sus pies la media luna; y luego, en la Iglesia ha crecido
como dos tercios mas.
Los Milagros de la Virgen de
Belén son ya innumerables;
los testigos juramentados narran diversos. Aseguran los testigos de la
aparición de la Imagen de la Virgen; que "con la noticia y experiencias de
los milagros concurrían muchas personas de todas partes a ver a Nuestra
Señora; y para satisfacer su devoción
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